Miedos sanos y miedos patológicos

¿Son mis miedos normales o rozan lo patológico? El miedo ha acompañado al ser humano desde que este camina por el mundo, casi podríamos decir que ha sido la emoción que ha tenido más presente, ya que es básica para la supervivencia. El miedo es un sistema de defensa contra los peligros de cualquier tipo, sirve para ponernos en alerta y llevar a cabo las acciones necesarias para evitar que nos ocurra algo malo. Usando el ejemplo que siempre utilizo, si me encuentro en la jungla delante de un tigre hambriento, será muy útil que sienta miedo y pueda llevar a cabo alguna acción que aumente mis posibilidades de sobrevivir.

Sin embargo, el sistema que rige el miedo puede “desajustarse“. Imaginémoslo como una alergia: la presencia de un estímulo no necesariamente peligroso hace que se active de forma exagerada una respuesta en nuestro cuerpo. Puede pasarnos igual con la mente, la presencia de algo que no entraña riesgo para nuestra seguridad puede ponernos en el desagradable estado mental del miedo o del pánico, con el malestar y el gasto de energía que esto comporta. Aquí ya estaríamos hablando de una cierta fobia ¿Porqué ocurre esto? Nuestro sofisticado cerebro es el resultado de la supervivencia a de nuestros ancestros a muchas calamidades, y digamos que prefiere curarse en salud sintiendo miedo demasiado pronto antes que demasiado tarde. Una parte en concreto del sistema límbico, llamada amígdala, es la responsable de esto. No en todas las personas ocurre igual, y ciertamente habemos individuos que tendemos más al miedo y a las fobias que otros.

Por muy alejado de la realidad que esté nuestro miedo, la vivencia de la persona fóbica es tan desagradable como si ciertamente se enfrentara a un riesgo para su vida, pudiendo llegar incluso a los ataques de pánico. (Si quieres saber más acerca de los ataques de pánico, lee este artículo que publiqué hace un tiempo) De modo que la persona puede verse empujada a evitar completamente la situación a la que ha desarrollado fobia. (las alturas, los espacios cerrados, un tipo de animal, pasar vergüenza, encontrarse solo, un medio de transporte como el avión, etc). Y si la fobia es muy fuerte o sufre varias fobias, su vida y su movilidad pueden verse dramáticamente reducidas.

Llegados a cierto punto, hay que tomar riendas en el asunto: Si no le hacemos la vida imposible a nuestros miedos, ellos nos la hacen a nosotros. Es una verdadera lástima que nuestro desequilibrio en los miedos nos empobrezca la existencia. Es posible (¡y muy recomendable!) tomar cartas en el asunto, ya que existe la manera de reeducar a nuestra mente y recuperar terreno frente a los miedos. La plasticidad de nuestro cerebro permite que tal como el sistema del miedo se desajustó, podamos devolver a los miedos a un lugar en el que sean útiles pero no limitantes. El cerebro y la amígdala pueden re-aprender  que el estímulo en cuestión  no es peligroso, y esto se hace trabajando con las ideas exageradas e irreales que se han generado acerca del peligro y exponiéndonos paulatinamente de nuevo a la situación para que, a base del refuerzo de la experiencia carente de peligro, la confianza se restituya.

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