Mi experiencia con el trastorno de ansiedad generalizada (TAG)

¡Hola a todos! Quería dedicar esta primera entrada del blog a la que ha sido mi propia experiencia con la ansiedad. En concreto, quería hablar del trastorno de ansiedad generalizada (TAG), con el cual he convivido mucho tiempo.

Como explico en algún otro apartado de la web y como bien debéis saber los que lo padezcáis, la principal característica del TAG es el miedo constante, esa sensación un tanto difusa que evita que podamos relajarnos, como si el peligro estuviera acechando en cualquier esquina. Si hablamos en términos de pensamiento, podríamos decir que la idea recurrente es que cualquier cosa que esté por venir puede “salir mal” o resultar desagradable, hacernos sufrir, etc. Y por lo tanto, la ansiedad es constante. La mente se escapa constantemente a un futuro en el que “¿y si algo sale mal?

A este desagradable estado yo solía llegar después de haber encadenado uno o más ataques de pánico, de forma que era como si mi mente y mi cuerpo se quedaran en un estado de alerta “por si acaso” de modo que no confiara en que las cosas iban a salir bien: esto podía tener varios grados, y oscilaba desde angustiarme por la idea de tener que tomar el metro para asistir a la universidad o al trabajo, hasta en los peores momentos tener miedo incluso de salir de casa. Afrontar simplemente un día normal de mi vida ya me parecía un angustioso esfuerzo. Ni hablar pues de cosas que salieran de lo normal o que fueran actividades más excepcionales, como ir al cine, meterme en una discoteca o ir a una fiesta con mucha gente. Mi mente anticipaba mil posibles desastres en esas situaciones de exposición, de modo que pudiera quedar en ridículo, ponerme en evidencia o que la propia ansiedad fuese notada por el resto de la gente (con la vergüenza que esto me producía pues la vivía como una debilidad). Estas últimas características ya entrarían más en la fobia social o ansiedad social. A esto había que sumar desagradables síntomas físicos como los ataques de pánico que me despertaban en mitad de la noche, la sudoración repentina, los problemas digestivos o las contracturas musculares debidas al estado de tensión constante de mi cuerpo.

Ante el “miedo a casi todo” que estaba presente todo el tiempo, la estrategia que seguía era la de evitar al máximo los desplazamientos, las actividades un poco especiales y en definitiva todo lo que mi mente consideraba arriesgado (que eran la mayoría de cosas normales que hace la gente). Esto redujo considerablemente en algunos momentos mi actividad, mis relaciones y mi vida, y lo contradictorio es que no me servía para disminuir el miedo, sino que este seguía presente en mi mente todo el tiempo y incluso cada vez había más cosas cuya idea de hacer me daba ansiedad. La gente no siempre comprende a quien atraviesa por una situación como esta, y eso puede ser un motivo adicional para no exponerte a tener que dar explicaciones. Es un círculo vicioso del que es difícil salir.

¿Por qué ocurre esto? Todo depende del tipo de pensamientos que albergamos en nuestra cabeza. La mente tiene la capacidad de que el cuerpo reaccione de acuerdo a los pensamientos, por ejemplo, de miedo, como si fueran reales, aunque estos no lo sean. Podemos asustarnos de una forma real (y generar las mismas sustancias en el cerebro, experimentar las mismas sensaciones, etc) tanto si hay un peligro real como si el peligro es imaginario pero creemos en él con la suficiente fuerza. Los ataques de pánico suelen disminuir nuestra confianza: se instala un fuerte temor a sufrir, a que las cosas salgan mal… las cosas que antes nos parecían seguras dejan de serlo a ojos de nuestra mente, y no solo eso sino que cada vez podemos empezar a temer por más cosas que antes nos parecían seguras. Al final, podemos llegar a dudad de nuestro propio cuerpo y desarrollar pensamientos hipocondríacos (miedo constante a enfermar) u obsesionarnos con cualquier posibilidad terrorífica acerca de nuestras vidas, que no tiene ningún motivo para que ocurra ahora.

Salir de estos estados no es fácil pero es posible. Lo más importante es recordar que yo no soy únicamente esos pensamientos, y que lo que yo crea no tiene porque ser verdad. Es importantísimo tener conciencia del diálogo interior: Ahora me estoy diciendo que al salir a la calle voy a marearme, o que voy a sentirme mal en algún lugar donde no puedo obtener ayuda/alivio, etc… y poco a poco decirme lo contrario: No hay motivo para pensar así, no tiene porque ocurrir nada esta vez, etc. Si te obsesiona que pueda ocurrirte un nuevo ataque de pánico en cualquier lugar, te aconsejo que lleves encima algo con lo que puedas escribir, y en cuanto sientas que se empiezan a presentar los síntomas, tómate unos minutos para escribir donde estás, qué pensamientos han desencadenado la ansiedad,  qué temes que te ocurra, etc. Este simple hecho ayuda a tu mente a centrarse y a frenar la angustia.

Y muy importante: hay que revisar en que áreas de mi vida no soy feliz o no estoy a gusto, pues esas son en esencia las causantes de haber llegado al punto de tener la ansiedad o los ataques de pánico. ¿Como me manejo con mis emociones?¿Y con mis relaciones con las otras personas?¿Donde siento que no me encuentro a gusto conmigo y con lo que me sucede? No acumular un excesivo sufrimiento emocional es clave para que síntomas como la ansiedad no se desarrollen o se cronifiquen. Habla contigo mismo/a con sinceridad. ¿Qué cosas de tu vida necesitas cambiar?¿Merece la pena sufrir tanto por no atrevernos a afrontar ciertos cambios?

Si necesitas acompañamiento para superar tu ansiedad o tienes cualquier pregunta, no dudes en ponerte en contacto conmigo:

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